Una vez leí que
con 50 años habremos conocido a lo largo de nuestra vida a unas 20.000
personas. Haciendo una regla de tres, obtuve que alguien de 16 años habría
conocido aproximadamente a 6.800 personas. Pongamos que la mitad de esas
personas, es decir 3.400, son hombres y la otra mitad, mujeres. Y supongamos
que de esos 3.400, solo 1/3 están dentro del margen de edad en el que se
incluyen todas las personas con las que podríamos tener una relación. Es decir,
descartamos 2/3 en los que se encontrarían aquellas personas de las que nunca
podríamos enamorarnos: familiares, niños, ancianos... Nos queda alrededor de mil personas. De todas esas,
nos enamoraremos de una sola. Estamos hablando de una milésima parte, de 0'001.
Y, a su vez, esa persona de enamorará de una sola entre 1.000. De esta manera,
la probabilidad de que la persona de la que uno se enamora sea precisamente la
persona que se enamora de uno, es, según las matemáticas, (1/1.000) ·
(1/1.000), lo que es igual a una posibilidad entre un millón. Así que, si se
diera esa improbable situación de poder estar con la persona que quieres, si el
destino ignorase a 999.999 opciones y convirtiera esa única posibilidad que
había entre un millón en un hecho, en una realidad, ¿qué sentido tendría no
aprovecharla? ¿Qué más da lo que venga luego? ¿Qué importa lo complicadas que
sean las circunstancias? Si lo más difícil, lo que tenía una posibilidad entre
un millón, ya ha ocurrido.
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