Y sentía miedo, miedo porque veía cómo nos acercábamos más al final que al principio. Tú y tus dudas, mi batalla diaria. Eras real, y no podía hacerte cambiar de humor como quien cambia de emisora. "¿Qué quieres que haga?", te decía desquiciada cuando no conseguía entender qué nos pasaba.
Llegó la hora de reciclar la película. Que lo nuestro estaba acabado. Que no me preocupase por ti, que te las arreglarías, que estabas más preocupado por mí. Yo no soy de las que recurren a la bebida, no me veo saltando de un cuarto piso ni lamentándome bajo tu ventana. No soy el tipo de persona por las que haya que preocupase.
Estoy segura de que pensábamos que si nos quedábamos juntos nos destruiríamos, igual que todo lo que tocábamos. Cerramos los ojos mientras nos dejábamos la piel en demostrar que, a pesar de todo, algo seguía funcionando.
No somos indiferentes al sufrimiento. No somos insensibles a la alegría. Éramos la locura, y todo lo que tocábamos juntos parecía morir. Y nos rendimos ante ello. No se puede vivir con el miedo continuo a que te puedan herir. Lo entendimos luego. Eso nunca lo olvidarás.
Y míranos ahora, tan apáticos y tan alejados.
"Tú y yo ya no somos nosotros. Sucedieron cosas. Fuimos felices y eso no se olvida haciendo turismo sexual por otras camas. Te lo aseguro. Cuando amas -cuando amas de verdad- se te abre una brecha en el pecho y se queda ahí. Lo queramos o no. Y te quería, y tú a mí, pero aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos sabíamos que las cosas rotas no saben mantener una relación."
No hay comentarios:
Publicar un comentario