No hay tiritas para estas heridas ni suficientes ojos bonitos en el mundo como para olvidar que, los tuyos, tus ojos, fueron los únicos que supieron quedarse en mis cicatrices el tiempo suficiente como para ver más allá de lo que yo nunca supe enseñarle a nadie. No llamaste a la puerta, entraste directamente y te sentaste a mi lado. Querer no sé si me quisiste, pero me salvaste más de lo que nadie, jamás, me había salvado.
Y aún me río de esa gente que habla de olvidar como si fuese tan fácil como pasar una página.
No hay comentarios:
Publicar un comentario